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En este artículo no voy a describir los mecanismos neurobiológicos y fisiológicos implicados y necesarios en el desarrollo del lenguaje. En esta ocasión, me parece importante hablar de los mecanismos básicos que llevan al niño a que descubra y se apropie de lenguaje. La función que, por sernos tan natural, nos resulta desconocida.

Si hay un logro asombroso en el desarrollo del niño, es el de la adquisición del lenguaje. En muy poco tiempo el bebé pasa de emitir llantos y gruñidos a comprender el habla de su entorno. El niño aprende a hablar con su madre y con otros adultos, y éstos enseñan a hablar al niño, pero nadie sigue un método establecido y predeterminado, es resultado de un proceso natural, siendo los padres los mayores responsables de este proceso.

Es aquí donde me detengo, en esas interacciones sociales que el niño realiza con los adultos y en como éstos ajustan su mensaje hacia el niño. Son muchos los estudios que avalan la importancia del lenguaje adulto dirigido a los niños, ya que, sin proponérselo, los adultos hablan a los bebés desde los primeros días ajustando su lenguaje en el llamado “baby-talk”, el “idioma mamaés” o “lenguaje pro-infantil”, utilizado en todas las partes del mundo. La madre o las personas que se relacionan con el niño utilizan un tono de voz más agudo, una entonación sobreacentuada, con más subidas o bajadas, frases más cortas y unas palabras más sencillas y breves. También se expresan con numerosas repeticiones, preguntas con sus respuestas incluidas y frases más simples. También se ha comprobado que los niños adaptan su mensaje cuando hablan con niños más pequeños, del mismo modo que lo hacen los adultos.
La raíz del lenguaje está en estas conversaciones, donde el adulto cobra una importancia crucial, compartiendo con el niño la atención, los turnos conversacionales, la mirada y el foco de interés; además, se producen numerosos “feed-backs” correctivos, es decir, el adulto corrige el lenguaje del niño sin darse cuenta para que así, posteriormente, el niño repita el modelo de forma correcta. A continuación, se ven unos ejemplos donde queda más claro esa tarea que realizan los padres sin darse cuenta de ello.

Situación 1

(niño) ¿té mira papá? ¿tonicias?
(adulto) Sí, son las noticias.
(niño) Te tuta las tonicias, papá?
(adulto) Sí me gustan las noticias.

(niño) Estoy mirando tu bolso
(adulto) ehh… bien
(niño) Sí… no estan las llaves
(adulto) ¿No? Vaya…

Situación 2

(adulto) ¿Qué tienes ahí?, ¿Cromos?
(niño) Sí
(adulto) ¿Cuántos?
(niño) Ufff muchos… Treinta y siete
(adulto) Eso si que son muchos, vamos a contarlos entre los dos (cuentan hasta nueve)
(niño) ¡Eso es, tengo muchos, tengo nueve!

Aprendiendo una nana…
(adulto) Palmas, palmitas, que viene su…
(niño) Papá
(adulto) Le trae un..
(niño) “bulito”
(adulto) …Un borreguito que dice…
(ambos) beeee

Partiendo de estos ejemplos podemos observar dos cosas:

En primer lugar la importancia de las interacciones que tenemos con nuestros hijos, éstas pueden ser más ricas o menos. Si nos fijamos en los ejemplos de la primera situación, observamos como la conversación resulta más pobre, al niño no se le está estimulando, simplemente se le contesta mediante modelos directos; sin embargo, en la segunda situación, sí se observa por parte del adulto un interés en fomentar la conversación, de hecho toma el adulto la iniciativa de hablar, cantan juntos, cuentan los números…, se está estimulando el lenguaje de forma inconsciente.

En segundo lugar, en esta vida real y agitada que es la nuestra, ocurren muchas más situaciones de la primera clase que de la segunda (a no ser que haya abuelos a mano), y se produce una paradója: al niño que de por sí solo habla mucho, recibirá también muchos modelos por parte de los adultos con sus “feed-backs” correctivos oportunos, es decir, al hablar más, los papás o adultos que están a su alrededor le contestarán; pero, al que no habla mucho y no es muy comunicativo, se le quita hasta lo que tiene: no se le habla o se le habla poquísimo.

Como conclusión final, papás, mamás, debéis hablarles a vuestros hijos, usar cualquier situación cotidiana como el baño, la hora de la cena…, para iniciar conversaciones ricas, ya que de esta forma aprenden más palabras, es decir, tendrán un léxico más rico. Se trata de estimularles a que descubran el mundo del lenguaje y cómo deben usarlo.

Anna Calaforra Téllez
Logopeda NºCol. 46800

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